Durante los últimos años, la inteligencia artificial ha pasado desde los laboratorios y círculos tecnológicos a formar parte de la vida cotidiana de millones de personas. Hoy está presente en la forma en que trabajamos, investigamos, escribimos, programamos, diseñamos, analizamos información y tomamos decisiones.
Sin embargo, frente a su rápida incorporación han aparecido también numerosas advertencias. Algunas sostienen que quienes utilizan inteligencia artificial podrían perder capacidad de redacción, disminuir su comprensión lectora o desarrollar una menor capacidad de análisis y razonamiento.
Es legítimo plantear esas preocupaciones.
Lo que no comparto es la conclusión de que, para proteger el aprendizaje, debamos simplemente restringir o evitar el uso de inteligencia artificial.
Mi postura parte de una convicción:
LA IA ES UN CAMBIO DE PARADIGMA.
No estamos solamente frente a una nueva herramienta tecnológica. Estamos frente a una transformación de la manera en que las personas accederán al conocimiento, resolverán problemas y desarrollarán buena parte de sus actividades intelectuales y profesionales.
Y cuando cambia el paradigma, necesariamente deben cambiar también los métodos con los que educamos.
A lo largo de la historia hemos vivido procesos similares.
Las calculadoras modificaron la forma de realizar cálculos. Los computadores transformaron el trabajo administrativo y profesional. Internet cambió para siempre la forma de investigar y acceder a información. Los buscadores hicieron innecesario memorizar grandes cantidades de datos que podían encontrarse en segundos.
En cada uno de esos momentos aparecieron temores respecto de las capacidades que podríamos perder.
Pero la sociedad no volvió atrás.
Lo que hicimos fue aprender nuevas habilidades.
La pregunta dejó de ser únicamente cuánto podía recordar una persona y comenzó a importar también su capacidad para encontrar, seleccionar, interpretar y utilizar información correctamente.
La inteligencia artificial representa probablemente una transformación todavía mayor.
Por eso, evaluar su impacto utilizando exclusivamente modelos educativos diseñados antes de su existencia puede conducirnos a conclusiones equivocadas.
Una de las respuestas más simples frente a la inteligencia artificial ha sido intentar prohibirla en determinados espacios educativos.
El razonamiento parece lógico: si un estudiante utiliza IA para escribir un ensayo, quizás no desarrolla suficientemente su capacidad de redacción.
Pero existe otra pregunta que considero mucho más importante:
¿Estamos evaluando correctamente lo que ese estudiante necesita aprender para desenvolverse en el mundo que encontrará cuando termine sus estudios?
Un profesional difícilmente trabajará mañana aislado de estas herramientas.
Ingenieros, abogados, médicos, diseñadores, periodistas, investigadores, programadores y prácticamente cualquier profesión incorporarán progresivamente sistemas de inteligencia artificial dentro de sus procesos.
Entonces resulta contradictorio preparar durante años a una persona evitando una herramienta que posteriormente deberá utilizar profesionalmente.
La educación no debería proteger al estudiante del futuro.
Debería prepararlo para él.
Utilizar inteligencia artificial sin criterio puede efectivamente generar dependencia.
Una persona que simplemente copia una respuesta, la entrega sin comprenderla y delega permanentemente su razonamiento probablemente aprenderá menos.
Pero ese no es necesariamente un problema de inteligencia artificial.
Es un problema de cómo se está utilizando.
La misma herramienta puede emplearse de una forma completamente diferente.
Un estudiante podría pedirle a una IA que cuestione su argumento, identifique errores en su razonamiento, presente posiciones contrarias, explique un concepto desde diferentes perspectivas o le formule preguntas cada vez más complejas.
En ese escenario, la IA no reemplaza el pensamiento.
Lo estimula.
Por eso considero que el debate debería abandonar progresivamente la pregunta:
“¿Debemos permitir que los estudiantes utilicen inteligencia artificial?”
y comenzar a responder otra mucho más relevante:
“¿Cómo debemos enseñar a utilizar inteligencia artificial para desarrollar mejores capacidades intelectuales?”
Aquí aparece probablemente el desafío más complejo.
No basta con pedirle al estudiante que cambie.
QUIENES EDUCAN DEBEN AJUSTAR SUS ANTIGUOS MÉTODOS.
Si una tarea puede resolverse completamente copiando una pregunta en una herramienta de inteligencia artificial, quizás sea necesario revisar la tarea.
No necesariamente prohibir la herramienta.
Durante décadas gran parte de la educación se ha basado en transmitir información y posteriormente comprobar cuánto de esa información puede reproducir el estudiante.
Pero vivimos en una época donde el acceso a información dejó de ser el principal problema.
Hoy el desafío es otro.
Necesitamos personas capaces de:
formular buenas preguntas, analizar respuestas, detectar errores, contrastar información, construir argumentos, resolver problemas, tomar decisiones y desarrollar pensamiento crítico.
Precisamente esas son capacidades que deberían fortalecerse en una educación adaptada a la inteligencia artificial.
Probablemente una de las habilidades más importantes de esta nueva etapa será saber preguntar.
Una inteligencia artificial puede entregar una enorme cantidad de respuestas.
Pero una respuesta solamente es útil cuando existe una buena comprensión del problema.
Quien no entiende una materia difícilmente podrá evaluar si la respuesta recibida es correcta, incompleta o simplemente absurda.
Por eso la IA no elimina la necesidad de conocimiento.
En muchos sentidos, la aumenta.
Mientras más conoce una persona sobre una disciplina, mayor capacidad tendrá para utilizar estas herramientas de forma sofisticada.
El conocimiento dejará progresivamente de ser solamente aquello que podemos recordar y pasará también a ser aquello que nos permite interpretar, cuestionar y construir sobre lo que una inteligencia artificial puede entregarnos.
Existe además una paradoja interesante.
Quienes temen que la inteligencia artificial pueda disminuir nuestra capacidad intelectual suelen proponer limitar su utilización.
Sin embargo, la proliferación de contenidos generados mediante IA probablemente hará que el pensamiento crítico sea más importante que nunca.
Las personas deberán aprender a distinguir información confiable de información incorrecta, identificar sesgos, verificar fuentes, detectar inconsistencias y comprender los límites de los sistemas que utilizan.
Por lo tanto, la respuesta educativa no debería ser menos inteligencia artificial.
Debería ser más educación sobre inteligencia artificial.
Esta discusión no corresponde exclusivamente a colegios y universidades.
Los profesionales enfrentamos exactamente el mismo desafío.
Negarse a incorporar inteligencia artificial porque amenaza determinadas formas tradicionales de trabajar puede terminar siendo equivalente a haberse negado décadas atrás a utilizar computadores o posteriormente Internet.
La pregunta relevante no debería ser:
“¿La IA puede hacer parte de mi trabajo?”
Probablemente podrá hacerlo.
La pregunta debería ser:
“¿Cómo puedo utilizarla para hacer mejor mi trabajo?”
El profesional que comprenda su especialidad y además sepa utilizar inteligencia artificial probablemente tendrá una capacidad muy superior de análisis, productividad y resolución de problemas que quien decida mantenerse completamente al margen.
Quizás ese sea el punto central de esta reflexión.
Los sistemas educativos suelen cambiar mucho más lentamente que la sociedad.
Y existe el riesgo de que intentemos proteger determinadas metodologías simplemente porque durante décadas funcionaron correctamente.
Pero el objetivo de la educación no debería ser conservar un método.
Debería ser preparar personas.
Personas capaces de desenvolverse en el mundo que encontrarán.
La inteligencia artificial seguirá evolucionando. Después aparecerán nuevas tecnologías que volverán a modificar nuestra forma de trabajar, comunicarnos y aprender.
No podemos detener ese proceso.
Pero sí podemos decidir cómo enfrentarlo.
Podemos educar desde el temor, intentando mantener artificialmente las condiciones del pasado.
O podemos enseñar a las nuevas generaciones a comprender estas herramientas, utilizarlas críticamente y convertirlas en instrumentos para ampliar sus propias capacidades.
Por eso insisto en la idea inicial:
La inteligencia artificial no es solamente una tecnología. Es un cambio de paradigma.
Y los cambios de paradigma no se enfrentan tratando de mantener intacto el mundo anterior.
Se enfrentan aprendiendo a vivir en el nuevo.
La verdadera discusión sobre inteligencia artificial y educación no debería centrarse únicamente en aquello que podemos perder.
También deberíamos preguntarnos qué nuevas capacidades podemos desarrollar.
Quizás el desafío no sea enseñar a nuestros estudiantes a competir contra la inteligencia artificial.
Quizás sea enseñarles algo mucho más importante:
a pensar, crear y resolver problemas utilizando inteligentemente una herramienta que formará parte de su vida.
Porque probablemente el futuro no pertenecerá a quienes sepan trabajar sin inteligencia artificial.
Tampoco necesariamente a quienes simplemente sepan utilizarla.
Pertenecerá a quienes tengan el conocimiento, el criterio y la capacidad intelectual necesarios para saber qué hacer con ella.