La nueva tercera edad: no nacimos digitales, aprendimos a serlo
Durante buena parte de mi infancia asocié la vejez con una cierta distancia respecto de la tecnología. Recuerdo a nuestros mayores enfrentándose con dificultad incluso a cosas que para nosotros parecían relativamente simples. Un control remoto podía convertirse en un aparato complejo. Programar un equipo, cambiar una configuración o entender una nueva función muchas veces terminaba dependiendo de algún hijo o nieto. Durante años pensé que probablemente algo similar ocurriría cuando mi generación llegara a esa edad. Pero hoy empiezo a pensar exactamente lo contrario.
Tengo 57 años y pertenezco a una generación muy particular.
No somos nativos digitales.
Pero probablemente somos una de las primeras generaciones que ha vivido prácticamente toda la transformación tecnológica moderna desde dentro.
Del mundo analógico al digital
Cuando era niño veía televisión en blanco y negro. Recuerdo perfectamente cuando apareció la televisión a color y aquello parecía casi una ventana hacia otro mundo. También conocí los teléfonos con disco, aquellos en los que para marcar un número había que girar físicamente una rueda y esperar que regresara lentamente a su posición. Después llegaron los teléfonos digitales. Luego los celulares, después los computadores personales, la internet, el correo electrónico, la mensajería instantánea, los smartphones, las videollamadas, las redes sociales, la nube, los dispositivos inteligentes y ahora la inteligencia artificial.
Para las nuevas generaciones, muchas de esas tecnologías simplemente siempre estuvieron ahí. Para nosotros no. Nosotros vimos cómo aparecieron y quizás por eso tenemos una relación bastante particular con ellas.
Una generación que tuvo que aprender muchas veces
Cada salto tecnológico nos obligó a aprender nuevamente. Aprendimos a utilizar un computador cuando ya éramos adultos. Aprendimos Internet; Aprendimos correo electrónico; Aprendimos teléfonos inteligentes; Aprendimos aplicaciones; Aprendimos servicios en línea y ahora estamos aprendiendo inteligencia artificial. Eso significa que, aunque no nacimos rodeados de tecnología digital, desarrollamos algo que quizás resulta igualmente importante:
LA CAPACIDAD DE ADAPTARNOS PERMANEMENTE A ELLA.
Y esa capacidad puede cambiar profundamente la manera en que nuestra generación enfrentará la tercera edad.
La tecnología como una extensión de la vida cotidiana
En mi propio caso, la tecnología forma parte natural de mi vida. He implementado domótica en mi casa, utilizo herramientas digitales permanentemente, investigo nuevas tecnologías, ayudo a mis hijos cuando necesitan comprender determinados temas tecnológicos. Y como muchas otras personas de mi generación, no veo la tecnología como algo ajeno o amenazante. La veo como una herramienta.
Una herramienta que puede simplificar tareas, entregar información, conectar personas y mejorar nuestra autonomía, pero quizás donde más claramente he observado este fenómeno no ha sido en mí mismo. Ha sido mirando a personas mayores que ya comenzaron a incorporar tecnología profundamente en sus rutinas.
Cuando un asistente se convierte en compañía cotidiana
La abuela de mis hijos comenzó a utilizar un asistente de Google de manera bastante tímida. Al principio probablemente era simplemente curiosidad. Pedir alguna información, preguntar algo, experimentar. Pero poco a poco el dispositivo comenzó a integrarse en su vida cotidiana. Hoy le recuerda sus medicamentos, le ayuda con recetas, le indica tiempos de cocción, responde preguntas y la acompaña en pequeñas tareas del día.
Y ocurre algo interesante. Cuando el dispositivo pierde conexión o no responde, siente inmediatamente su ausencia. No porque la tecnología haya sustituido sus capacidades. Sino porque la incorporó como parte de su manera de organizar la vida. Y eso es exactamente lo que hacemos todos con las tecnologías que terminan siendo útiles.
El teléfono que dejó de ser teléfono
Algo parecido ocurre con mi madre. Para ella, el celular hace mucho tiempo dejó de ser simplemente un teléfono, es una ventana hacia su familia. Ahí mira videos, recibe fotografías, se informa, se entretiene, hace videollamadas con sus nietos, mantiene conversaciones.
Participa, observa y permanece conectada con personas que quizás físicamente se encuentran lejos. Cuando no tiene el teléfono disponible siente que le falta una parte importante de esa conexión con el mundo. Eso dice bastante respecto de cómo está cambiando la experiencia de envejecer.
La tecnología también puede significar autonomía
Hay un aspecto que considero especialmente relevante. Cuando hablamos de tecnología y personas mayores solemos concentrarnos en enseñarles a utilizar dispositivos. Quizás estamos mirando el problema desde una perspectiva demasiado limitada. La verdadera pregunta podría ser:
¿Cuánta autonomía puede entregar la tecnología durante la tercera edad?
Un asistente puede recordar medicamentos.
Un reloj inteligente puede detectar determinadas situaciones.
Una videollamada permite mantener vínculos familiares.
La domótica puede facilitar iluminación, climatización o seguridad.
Las aplicaciones permiten hacer trámites sin desplazarse.
Los servicios digitales permiten comprar, pagar, comunicarse o solicitar ayuda.
La inteligencia artificial puede explicar algo tantas veces como sea necesario y adaptarse progresivamente a la persona.
Vista desde esa perspectiva, la tecnología deja de ser solamente comodidad. Puede convertirse en una herramienta de independencia.